Las ciudades abren sus puertas, ¿hora de vivir en el campo?

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Las ciudades abren sus puertas, ¿hora de vivir en el campo?

Imagen: Medium

¿Todavía vivos?

Bueno, mientras esperamos algo peor como un meteorito, hablemos sobre las pandemias en las ciudades. La causante de tanta muerte.

La historia de las primeras grandes ciudades se puede entender como la historia de la cómo se expandieron las pandemias.

Es el caso de la peste negra – llamada así por la coloración oscura de la piel – hay detalles interesantes como la que describe Peter Frankopan, profesor de la Universidad de Oxford, quien recuerda que esta enfermedad afectó originalmente a los humanos que recorrían las rutas comerciales de la seda – entre China y Europa, que empezó en Asia (lo que viene a ser Uzbekistán actualmente) y alcanzó el Oriente Medio, llegando a Europa por Crimea en 1346.

Se estima 25 millones de muertos en Europa, un tercio de su población total (75 millones). La pandemia generó cambios radicales: los más pobres mejoraron su situación económica, logrando negociar mejores condiciones de vida, la cual afloran durante la etapa del Renacimiento.

El triunfo de la muerte. Un tema habitual en la era del medioevo, época de plagas. Obra de Pieter Brueghel. 1562. Museo del Prado (Madrid)

Y la historia de las últimas grandes ciudades se puede entender como la historia de la urbanización en el siglo XIX.

Tras la revolución industrial se incrementaron las primeras oleadas masivas de urbanización en las principales ciudades del mundo. Los últimos minutos de este didáctivo video es un ejemplo del acelerado ritmo en la construcción de las metrópolis. 

¿Por qué las personas dejan el campo y emigran a las ciudades? No es una pregunta con respuestas cerradas y aunque publiquemos centenares de artículos, siempre nos faltará tinta. Pero varios son los puntos concordados: en las ciudades encuentras trabajo, mayores ingresos, nuevas actividades que – en el campo son inviables-  acceso a servicios públicos como electrificación, alcantarillado y seguridad policial. 

También la ciudad readapta tu forma de socializarte. Con diez personas en un paradero de bus puedes conversar. Con miles a la salida de una estación solo puedes empujar. Y algo importante que debemos recordar: el traslado desde el campo a la ciudad ha sido muchas veces forzada.

En contraparte a los beneficios – al menos aparentes – de vivir en las metrópolis, también las urbes son en su gran mayoría grandes focos infecciosos, generadores masivos de polución, aceleradores de trastornos psicológicos (ansiedad, estrés, sentido de soledad). Y la pandemia COVID-19, por ejemplo, según el informe de mayo del Banco Mundial –  ha generado mayor pobreza en las ciudades.

En esta época vivir en una ciudad grande – hablamos de las principales 25 capitales con mayor densidad en el mundo – es sinónimo de conteos elevados en contagios y muertes, producto de la pandemia.

Tomemos por ejemplo de Nueva York, la gran ciudad estadounidense, la de 8,6 millones, es también la que tiene más contagios en el mundo.

Mapa de casos por barrios en Nueva York. Publicado en: NTY Fuente: New York City Department of Health and Mental Hygiene.

 

Pero a inicios de la pandemia ocurrió algo que ya anteriormente ha sucedido (y volverá a pasar): las personas con mayor capacidad adquisitiva – una forma de decir “los ricos” – abandonaron sus residencias urbanas y se trasladaron – otra forma de decir “huyeron” – a sus cuarteles de invierno, a las casas de playas o incluso a sus amplios yates, de aquí a que la frase “estamos bajo la misma tormenta, pero en distintos barcos”, calza como un guante.

Como se detalla en este artículo en Business Insider: “los residentes de la ciudad de Nueva York se dirigieron al norte del estado, hacia las montañas y hacia los Hamptons».

En otra publicación el New York Times detalló que «en los vecindarios más ricos de la ciudad como Upper East Side, West Village, SoHo y Brooklyn Heights, la población residencial disminuyó en 40%«.

Llega el tiempo en tomar una decisión: las ciudades hierven en contagios y con vacuna o sin ella, comienzan las etapas y fases de la llamada «desescalada», donde también existe la posibilidad de repensar nuevas formas de trabajar sin tener que vivir/sobrevivir en la ciudad. ¿Es momento de volver al campo?

La tierra será de quien la trabaje

Existe un comercio infrecuente que se ha establecido alrededor de la pandemia. En una nota de la agencia Efe el turismo de low-cost como Airbnb, destaca que ha encontrado un equilibrio comercial en las reservas de pueblos.

Un informe en Bloomberg que además de revisar el caso de esta compañía, nos muestra la situación de las reservas en hoteles: «La tasa de ocupación hotelera en los Estados Unidos, normalmente el 70% en esta época del año, había caído al 21%«, indicaron. 

No todas las familias adineradas o de clase media alta poseen castillos esperándolos en las colinas, pero eso no les impidió trasladarse a hoteles fuera del circuito de contagio, los cuales comenzaron a recibir más reservaciones.

Pero dejemos aparte a este grupo privilegiado que podrá pasar temporadas enteras en sus granjas e islas, en casas y hectáreas. Y también no analizaremos mucho sobre el gran grupo de millones de desplazados forzados que buscan migrar a los campos para sobrevivir, pues es un tema complejo que da para otro tipo de análisis.

La idea es enfocarse en aquellas personas que todavía controlan sus destinos y meditan dentro de sus piso/departamentos de 65 metros cuadrados cómo quieren vivir los próximos años: en la ciudad post-pandémica o en medio del campo sin escuchar nunca más el ruido del tráfico por la ventana.

Aunque inicialmente parece una decisión de socioeconómica, veremos que hay algo más profundo y terrible cuando uno decide irse a vivir fuera de las ciudades. 

Pero vayamos por partes.

La ciudad nos hizo a su imagen y semejanza

Antes que comiencen a hacer sus maletas para visitar algún pequeño pueblo donde residen “esos tíos que nunca visitas” o instalarte cerca a alguna playa “pero con conexión a wi-fi”, hay una obviedad que debemos recordar: no todas las actividades comerciales son posibles sino te encuentras en una ciudad.

Dejar la ciudad por una vida ascética, frugal pero con dinero en el banco es un pensamiento tabú para miles de personas que mantienen el hogar con dos o tres trabajos.

No voy a decir nada nuevo, pero a veces es importante recordar ciertas obviedades: las ciudades necesitan de quienes limpian casas por horas o resguardan los bancos y centros comerciales, quienes entregan paquetes a las puertas de los edificios, quienes atienden a los clientes en la recepción, los que manejan el transporte, los que cuidan niños en la guardería, los que limpian los zoológicos, y un interminable etcétera.

Además deben salir a comprar barato en los grandes mercados infestados, hacen colas frente a un hospital atestado porque no tienen seguro de salud.

Un transportista informal en Yakarta, la capital de Indonesia. Según el Banco de Desarrollo de Asia, un 40% vive por debajo de la línea de pobreza. Para millones de personas que buscan un trabajo, la ciudad mantiene una tasa menor de pobreza que las zonas rurales. No es una opción salir de ahí.

Si cabe la ironía, es que pueden ser tan héroes para sus familias – porque llevan un pan a la mesa – como villanos portadores de contagios, para un tipo de sociedad que se encuentran a dos peldaños más en la escala económica, pero que les sirve para juzgar desde sus pequeños balcones, burgueses e instagrameables.

Con la pandemia en medio de nuestras vidas se dice que esta situación acelerará el auge de robots para labores que necesiten contacto humano. Por ahora, solo se ven contempladas algunas actividades como transporte de paquetes, desinfección o de seguridad. Pero, como sugiere este artículo en The Conversation – al menos en Australia –  salvo la automatización en las compras, todavía existe un gran grupo calificado de personal que es necesario para todo negocio.

Además – como ya he mencionado en un artículo anterior –nadie puede pretender saber qué sucederá dentro de unos años.

Una posible opción es que sean los más jóvenes quienes sustituyan sus viajes de placer a aventurarse a los campos y antes de estudiar una carrera “para ciudad” empiecen realmente a pensar que arar la tierra, recolectar madera, hacerse cargo de los animales, entre otras actividades menos mundanas pero inocentemente satisfactorias.

“La rápida transición al trabajo remoto permitirá a la Generación Z evitar los centros urbanos abarrotados y vivir en áreas más remotas que les permitan estar más cerca de la naturaleza y otras cosas que les apasionan”, indican. No es solo una actividad divertida de verano, sino que será su nueva forma de ganar dinero.

Una decisión personal no es una medida social

Para quienes ya se encuentran sobre los 30 años y son parte de un ecosistema empresarial donde mantienen el privilegio de seguir trabajando desde casa – una pequeña minoría en el mundo – cubiertas sus necesidades económicas, las opciones de migrar a “la casa en la pradera” no parece que sea por un tema únicamente de salud sino por una decisión de aceptación social.

Los millennials que ya cancelaron la mitad del pago total de su piso/departamento y hace años que no viajan en un bus público; irse al campo será olvidar sus prerrogativas matutinas, aquellas conquistas diarias donde presenta al mundo – al mundo civilizado – en que el éxito promedio es también ir a trabajar a media mañana al Centro Empresarial pasando antes por el Starbucks de la esquina. El truco es que cada acción sea compartida en las redes sociales. 

Pero también hay otra interpretación de la ostentación. Alguna vez a Karl Lagerfeld le preguntaron qué era el lujo para él y su respuesta fue “vivir incomunicados y sin un celular es lo que llamaría un lujo”. Se refería claro está, a no depender del resto ni necesitar de las redes sociales (tanto off como on line).

Desconectarse socialmente, pero mantenerse conectado laboralmente.

Trasladarse a las campiñas es entonces nuestro máximo oropel. Es vivir aislados e incomunicados, solo enviando infrecuentes señales de confort dirigidos especialmente para quienes no logramos salir/escapar de la pandemia y en el estoicismo, vegetamos.

Un paréntesis para explicar cómo viviremos: a falta de puertas o ventanas para ver la realidad, las contadas alegrías nos las arrojaran desde una pantalla: el regreso del fútbol por televisión o las coloridas noticias de la farándula local mientras poco a poco nos vamos olvidando la espera de una vacuna.

Entonces decidido. Dejarán – por un par de años – sus hogares pequeños, sus oficinas con aire acondicionado, visitas de fin de semana a restaurantes Michelin. Todo por una nueva residencia, al lado del fogón, de corte rústico, un poco oscuro pero con mejor aire y mayor espacio.

Seguiremos trabajando, por supuesto, pero con gimnasios caseros y desayunos de dos horas. Con largas caminatas por el cálido bosque de la tarde o sentados sobre la oscura arena, contemplando el amanecer. En pleno invierno – metálico e indiferente – las últimas luces de las estrellas fulgurando sobre las ola mientras coordinaremos por correo el último borrador del proyecto, el cambio final-final que tanto nos gusta cerrar antes que termine el viernes.  

Entonces, para aquellas personas que todavía pueden hacer compras por internet y no esperan rescate financiero, el cuestionamiento – esta es una hipótesis –es que la elección de vivir y trabajar en el campo es una decisión individual no una respuesta colectiva para a salvar la humanidad de la pandemia.

Vivimos en una sociedad

Cuando los tarjetahabientes migren masivamente a los campos y pueblos pequeños, ¿cómo se logrará establecer y estabilizar la sociedad en este nuevo entorno?, ¿se cuestionarán si todas las personas tendrán viviendas asequibles?, ¿habrá la posibilidad de contratar a los oriundos del lugar que viven en paro durante meses?

A nuestro alrededor, de forma individual irse al campo es una actividad de alejamiento y resguardo. Pero no es una sola persona. Serán cientos – o miles – las que comiencen a instalarse en los campos. Solo desde una vista cenital lograremos saber si esta dinamismo serán las primeras imágenes de una posible recolonización.

Se habla de cambiar el pensamiento, el mindset. Pero es más que eso. Se trata también de cambiar de hábitos, reales, extremos. “Se nos pide que actuemos en el bien colectivo en lugar de nuestra preservación individual”, reflexiona el filósofo Matthew Barnard en un artículo en The Conversation. «Solo una sociedad verdaderamente colectivista sería capaz de autoaislarse a escala masiva. Aquellos que elogian al individuo y nos alientan a hacer excepciones por nosotros mismos tendrán dificultades, incluso ante una crisis como la pandemia de coronavirus».

En una ciudad como Bangladesh, solo el 15% de los trabajadores ganan más de $ 6 por día. Es momento de irse a buscarse la vida entre las montañas. fuente: Weforum.org

Si una generación más empoderada logra ver el desarrollo de la agroindustria, utiliza nuevas herramientas desde las nuevas tecnologías, amplía las comunicaciones, genera mayor cobertura para la conexión a Internet, se organiza dentro de negocios de compras sostenibles, en fin, busca no una vida, sino una sociedad más saludable, entonces ya no es ir tras un mejor futuro sino encontrar un destino más feliz para todos. La crónica de un día de trabajo entre todos ellos inspiraría a Tomás Moro.

Un debate que se puede abordar desde la ética es qué tan egoísta es dejar la ciudad  – más allá del problema laboral – buscando tu felicidad sobre el resto. En principio la duda es que no hay nada de malo si uno se va al campo, donde tiene la posibilidad de seguir viviendo, en darle salud a la familia, pero a la vez es una decisión que perjudica a la comunidad vulnerable que no tienen cómo comprar ese salvoconducto seguro a la certeza.

Finalmente, es interesante que escapar durante una cuarentena siempre se ha considerado no solo como una grave falta social, sino una actitud egoísta. Como un imperativo categórico, escapar en cuarentena es malo, incluso en los casos que uno quiebra la regla por un supuesto tema de salud (recordemos el caso del asesor del primer ministro inglés). Pero que esta misma acción minutos después de levantarse el aislamiento obligatorio no es egoísta sino incluso práctico – serás de los primeros en salir – muchos dirían que es una buena opción salir raudos de la casa y buscar un lugar a donde ir.

Al final no importa realmente lo que ocurra. Al final siempre estamos pensando en movernos, en irnos. Cualquier lugar siempre será una nueva posibilidad porque en la actualidad, cualquier lugar es mejor que este lugar.

Fuentes: The Guardian, World Bank, Bloomberg, Efe, New York Times, Business Insider, The Conversation

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