Supernovas podrían haber ayudado a matar a los antiguos monstruos marinos de la Tierra

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Durante decenas de millones de años, los océanos de la Tierra se llenaron de tortugas gigantes, vacas marinas del tamaño de una ballena y tiburones tan grandes como autobuses escolares. Luego, hace aproximadamente 2.6 millones de años, comenzaron a desaparecer masivamente.

La muerte masiva conocida como la extinción de la megafauna marina pliocena puede haber eliminado más de un tercio de las grandes especies marinas de la Tierra (incluido el megalodón). Los científicos aún no saben exactamente por qué es que sucedió esto pero un nuevo artículo que se publicará en la edición de 2019 de la revista Astrobiology sugiere algo completamente nuevo: las explosiones de estrellas ayudaron a matar a los gigantes de las profundidades.

Según Adrian Melott, autor principal del estudio y profesor emérito de física y astronomía en la Universidad de Kansas, hay pruebas de que una supernova cercana, o posiblemente una serie de supernovas múltiples, coincidió con el inicio de la gran muerte que libró al mundo de su vida marina más grande. Si estas explosiones estelares fueran lo suficientemente fuertes y lo suficientemente cerca de la Tierra, podrían haber empapado al mundo con radiación estelar, aumentando gradualmente la incidencia de tasas de mutación y cáncer entre la fauna terrestre durante cientos de años. Melott escribió en el nuevo estudio que cuanto más grande era un animal, mayor era la cantidad de radiación que podían absorber, lo que empeoraba sus posibilidades de supervivencia.

«Estimamos que la tasa de cáncer aumentaría en un 50 por ciento para algo del tamaño de un ser humano, y cuanto más grande sea el animal, peor sería», dijo Melott en un comunicado. «Para un elefante o una ballena, la dosis de radiación aumenta».

Melott y sus colegas basaron una gran parte de su hipótesis en un par de documentos del 2016 que encontraron rastros del isótopo hierro-60, una variante radiactiva del hierro con una vida media de aproximadamente 2.6 millones de años, en antiguos depósitos de fondos marinos en la Tierra. Si estos isótopos radiactivos se hubieran formado con la Tierra, estarían «desaparecidos», dijo Melott en el comunicado, por lo que debieron haber «llovido sobre nosotros» hace varios millones de años.

Los científicos que escribieron uno de los documentos del 2016 vincularon estos isótopos a una serie de supernovas que ocurrieron entre hace 8.7 millones y 1.7 millones de años, y que surgieron a unos 325 años luz de la Tierra. Según Melott, eso es lo suficientemente lejos para evitar que tales explosiones dañen seriamente nuestro planeta, pero lo suficientemente cerca como para que la Tierra aún estuviera en el camino de alguna radiación cósmica.

Parte de esta radiación habría tomado la forma de muones: partículas pesadas similares a electrones que se forman cuando los rayos cósmicos chocan con otras partículas en la atmósfera de nuestro planeta. Según Melott, debido a que un muón es «un par de veces más masivo» que un electrón, también es más probable que penetre cientos de kilómetros bajo tierra o en el océano. Si muchos muones comenzaran a llover sobre el mar durante la lluvia de una supernova cercana, las grandes criaturas marinas podrían haber entrado en contacto con enormes cantidades de estas partículas radiactivas. Melott y sus colegas escribieron que la radiación resultante podría haber causado mutaciones, cáncer y muerte masiva.

Este suministro incrementado de radiación cósmica, junto con otros factores conocidos como el cambio climático, podría haber sido una de las palancas de cambio que condenó a los gigantes marinos de la Tierra. Melott observó que la evidencia de una explosión de supernova cercana es simplemente «otra pieza del rompecabezas», que es la extinción de la megafauna marina pliocena, y aún se requiere una investigación adicional de muchos factores posibles. Quizás nunca sepamos qué mató exactamente al megalodón, pero mientras los científicos buscan pistas en el fondo del mar, también pueden mirar las estrellas.

Fuente: Live Science.

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