¿Un perro siente amor por sus dueños? Ahora podrás saberlo con certeza

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¿Un perro siente amor por sus dueños? Ahora podrás saberlo con certeza

Mueven la cola para saludarnos y se sienten felices cuando se acurrucan en nuestras sábanas. Pero, ¿será que realmente sienten el mismo amor que nosotros sentimos por ellos?

Todas las mañanas, mientras preparo su comida, Ozzy, nuestro acechador blanco y negro, me mira con los ojos más cálidos. Me mueve las cejas y me da la más linda de las sonrisas. Ladea la cabeza a la espera de su comida, y parece saber que se la daré.

«¿Él realmente me ama?» Me pregunto, porque a veces tengo la vaga sensación de que me están estafando. Como si yo fuera uno de los perros de Pavlov y él fuera Pavlov, condicionándome con caricias y ojos de bebé para hacer cosas buenas por él.

¿Esto es amor o algo más? ¿Pueden los perros amar a sus humanos como nosotros los amamos? Preguntas como estas tienen una rica historia científica, con una emocionante conclusión que podría cambiar para siempre nuestra relación con nuestros peludos amigos.

La historia de los perros y sus emociones comienza en la época victoriana, cuando la cuestión desató una de las primeras guerras culturales de la historia. Se trataba de pancartas y folletos. Habían efigies quemadas y estatuas destrozadas, marchas furiosas y discursos en ayuntamientos repletos. Cientos de personas casi pelearon en la calle. Estaban listas para discutir si las emociones como el amor eran exclusivamente humanas o comunes a muchos animales, en particular a los mamíferos sociales como los perros.

Por un lado estaban los que se basaron en las ideas de Charles Darwin sobre cómo los mamíferos (incluidos los humanos) comparten ancestros comunes. Argumentaron que los perros eran capaces de experimentar estas emociones humanas, difiriendo solo por el grado. Por otro lado, los científicos médicos veían a los caninos como poco más que autómatas, sujetos similares a máquinas aceptables para experimentos médicos.

Los científicos médicos favorecían a un enfoque racional y objetivo de su oficio, uno que consideraba a las ideas sentimentales sobre las emociones de los perros como poco profesionales e incluso poco éticas, porque amenazaban con frenar el progreso de la ciencia médica.

Acerca de la objetividad, los científicos médicos tenían un punto que sigue siendo relevante hoy en día. Está claro que muchos científicos de animales en la era moderna siguen siendo reticentes al uso del término ‘amor’ en animales no humanos porque el concepto es demasiado subjetivo. Después de todo, si generaciones de poetas no han logrado ponerse de acuerdo sobre una definición de amor, ¿qué esperanza podría tener la ciencia? Por eso, muchos investigadores de perros prefieren la palabra «apego» cuando se refieren al vínculo entre los perros con sus dueños.

«El apego es un aspecto particular y medible del amor; específicamente a la tranquilidad que un individuo puede obtener respecto a la presencia de un ser amado», explica el Dr. Clive Wynne, científico del comportamiento canino y autor de «Dog Is Love«. «Se habla en particular del fuerte vínculo entre padres e hijos, y eso es un buen modelo para la relación entre perros y personas».

Wynne piensa en el amor como un término cotidiano. No apto para trabajos o artículos científicos, pero permitido para su uso común. Aunque no rehúye la palabra «Amor» cuando describe a su propio compañero cariñoso, Xephos.

«La amamos. Ella nos ama», ha argumentado Wynne. «En realidad, ella ama a casi todos. Muy, muy rápidamente establece conexiones fuertes y poderosas con la gente».

¿Cómo sabemos que los perros nos aman?

Los perros sí parecen apegarse psicológicamente a sus compañeros humanos de una manera reconocible. En pruebas con ‘extraños’, luego de que estos entraran a una habitación donde están un perro y su compañero humano, los perros reaccionaron de una manera comparable a la de los niños humanos. Cuando están en entornos inciertos, pasan más tiempo cerca de sus compañeros humanos y, si se quedan solos con extraños, los perros pasan más tiempo cerca de la puerta.

En una configuración experimental se les ofreció a perros y lobos criados a mano elegir entre comida o su cuidador. Muchos canes, además de investigar la comida, acudieron a sus cuidadores en busca de abrazos y atención. Los lobos, como era de esperar, solo pensaban en sus estómagos.

Otro experimento mostró que los perros podían sentirse angustiados cuando sus cuidadores humanos fingieron estar atrapados en una caja. Lloraron gimieron y patearon la caja para ayudar a escapar a su cuidador.

En el caso de los lobos, incluso si son criados a mano, no parecen apegarse a sus cuidadores de la misma manera que los perros domésticos. «Los perros realmente admiran a sus humanos de una manera similar al amor entre padres e hijos», agrega Wynne.

Es más, los mecanismos fisiológicos (las hormonas cerebrales y los neurotransmisores) que controlan estos vínculos lucen comparables entre humanos y perros. El más destacado es el papel de la oxitocina, una molécula asociada con estados emocionales placenteros en los mamíferos, especialmente importante en los seres humanos. Surge durante la lactancia o las relaciones sexuales, actuando como una droga natural que promueve el vínculo social ayudando a garantizar la supervivencia de los genes en las generaciones futuras.

Los perros tienen aumentos repentinos de oxitocina al unirse con otros perros pero, lo que es más importante, también tienen los mismos aumentos repentinos de oxitocina con los humanos. De hecho, cuando los perros y sus compañeros humanos se miran a los ojos, los niveles de oxitocina en ambas especies aumentan drásticamente. En un estudio, solo se necesitó media hora de miradas amorosas entre los humanos y sus compañeros perros para encontrar un aumento en los niveles de oxitocina de más del doble.

¿Por qué nuestros perros nos aman?

¿Los perros han evolucionado para ser así? Investigaciones recientes sobre la composición genética de los canes han ofrecido algunas ideas interesantes que explicarían nuestra relación con ellos.

Los perros son sociales por naturaleza. Literalmente, tienen la sociabilidad escrita en su ADN, en dos genes GTF2I y GTF2IRD1 los cuales influyen en los comportamientos sociales de los mamíferos, incluidos los humanos. Las mutaciones en estos genes pueden conducir a un comportamiento más sociable.

«El perro promedio tiene de dos a cuatro de estas mutaciones de inserción. Algunas razas, o grupos de razas, tienen muchas menos, y otras tienen muchas más», dice Bridgett vonHoldt , profesora asociada de genética evolutiva en la Universidad de Princeton. «Es raro, pero no imposible, encontrar perros que porten más de seis mutaciones».

Por suerte, el perro de vonHoldt, un pastor sonriente y saltador conocido como Marla, tiene cinco. Por esta razón, se la denomina ‘hipersocial’.

«Ha sido increíble verla crecer y desarrollar su personalidad», comenta vonHoldt. «Ya sea que culpe a su genética o educación, Marla es bastante mandona al momento de exigir atención. Se indigna con las personas a las que conoce bien cuando hay una conversación que no se enfoque en ella, con rasguños y adoración simultáneos».

En 2017, vonHoldt y sus colegas completaron su investigación sobre cómo GTF2I y GTF2IRD1 diferían en frecuencia entre las poblaciones de perros y lobos grises. Sus conclusiones mostraron que había un «fuerte aspecto genético» en las formas en que los perros interactúan con los humanos. Es probable que la comida haya sido una parte clave de esas primeras interacciones.

«Esos primeros lobos que portaban tan solo una o dos mutaciones que influyeron en su comportamiento social podrían beneficiarse muy fácilmente de interacciones más cercanas con asentamientos humanos y pueblos cercanos», explica vonHoldt. «A medida que esta asociación con los humanos comenzó a dar sus frutos, estas mutaciones se hicieron más frecuentes, allanando el camino para los perros que conocemos hoy».

Esto significa que gran parte de la historia evolutiva del perro se debe a dos cosas: la supervivencia del más apto y la supervivencia del más amistoso. Una lucha por la vida; una lucha por el amor. Todo está escrito en la historia profunda de los perros.

Investigaciones como la de vonHoldt explican por qué y cómo los canes se adhieren de manera tan sencilla. Pero no nos acercan más a la gran pregunta: ¿Cómo se siente este apego por el perro? ¿El amor que sentimos por nuestros perros se parece en algo al amor que ellos nos devuelven? ¿Cómo podríamos saberlo con certeza?

El amor y las necesidades emocionales de nuestros perros

Durante más de 100 años, este dilema filosófico sobre la objetividad era la roca intratable que bloqueaba el camino de la ciencia. Ahora, nuevos enfoques experimentales están comenzando a ver esta roca tambaleándose, exponiendo nuevas y emocionantes líneas de investigación. Liderando el camino está una raza mixta en blanco y negro llamada Callie, la primera perra en ingresar voluntariamente a un escáner funcional de imágenes por resonancia magnética (fMRI) para escanear su cerebro.

Callie es una piedra de Rosetta para los interesados ​​en la ciencia de lo que los animales pueden pensar y sentir. En 2012, su compañero humano (el neurocientífico profesor Gregory Berns de la Universidad de Emory) ideó cuidadosamente una rutina de entrenamiento para acostumbrarla a los ruidos fuertes y los espacios reducidos dentro de un escáner fMRI. Esta rutina de entrenamiento resultó tan exitosa que luego se usó con otros perros ofrecidos por sus familiares humanos.

Callie y estos otros perros demostraron que los cerebros de los caninos se iluminan con las emociones de una manera muy semejante a los cerebros humanos. Especialmente interesante fue el descubrimiento de que los centros de placer del cerebro de Callie se activaron, no solo al ser informados de las próximas recompensas de alimentos, sino también cuando sus compañeros humanos aparecieron sorpresivamente para saludar. Incluso el olor del compañero humano de Callie fue suficiente para verla sonrojarse, tal como lo haría un niño al ver a un adulto o viceversa.

¿La conclusión? Es amor… o algo parecido. Es apego, lo que ya sabíamos.

Fuente: Sciencefocus

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